La nueva revolución industrial: el internet de las cosas

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Internet de las Cosas (Internet of Things o IoT) no es un concepto nuevo. Hace años que los expertos vienen hablando de computación ubicua o inteligencia ambiental, conceptos que anticipan la extensión de internet al mundo físico. El término Internet de las Cosas se hizo popular cuando Kevin Asthon comenzó a trabajar en el Auto-ID Center del MIT (Massachusetts Institute of Technology) y fue citado por la revista Forbes (1) diciendo: «Necesitamos una internet de las cosas, una forma estandarizada de que los ordenadores entiendan el mundo real».

Los objetos materiales adquieren una nueva dimensión digital cuando embebemos en ellos sensores que pueden percibir el contexto y comunicarse. Así, se convierten en objetos inteligentes (smart objects) que hoy en día empiezan a resultarnos muy familiares: desde relojes, pulseras o bombillas hasta cultivos inteligentes que saben cuándo regar o no, edificios históricos que alertan de cuándo hay que restaurar una pared o animales que pueden reportar su estado de salud o tuitear por dónde se mueven.

El potencial de Internet de las Cosas es enorme. Gartner identifica Internet de las Cosas como una de las 10 tendencias tecnológicas de mayor potencial. Cisco estima que en el año 2020 habrá más de 50.000 millones de dispositivos conectados y General Electric calcula que hasta el 46% de la economía mundial se puede beneficiar de Internet de las cosas. McKinsey calcula que el impacto económico podría alcanzar los 6.200 millones de dólares en 2025, año en el que estima que llegaría a haber 1 billón de dispositivos conectados.

«Las grandes urbes son actualmente el motor de la economía y se han convertido en entornos muy complejos»

Lo que está haciendo avanzar Internet de las Cosas es el abaratamiento de la electrónica y de las comunicaciones, la conocida y todopoderosa Ley de Moore. Los precios de los sistemas micro-electromecánicos (MEMS) se han reducido un 80% en los últimos 5 años y las ventas de sensores se han incrementado a un ritmo del 70% anual desde el año 2010. Crear objetos inteligentes es cada vez más sencillo. Arduino se ha convertido en una plataforma muy popular para el desarrollo de prototipos y está consiguiendo hacerse un hueco en el sistema educativo. El número de hackerspaces y aceleradores de empresas basadas en hardware se han incrementado de manera drástica en los últimos cinco años.

Pero el desarrollo de internet de las cosas todavía presenta retos importantes, como los riesgos de seguridad y privacidad o la falta de estándares plenamente aceptados que hace que aún exista una gran fragmentación en los protocolos de conectividad que utilizan dispositivos y aplicaciones. Con todo, los mayores retos están seguramente en la creación de nuevos productos, servicios y de los modelos de negocio que los hagan viables. Como todas las tecnologías, internet de las cosas es un habilitador. Su adopción masiva irá de la mano del desarrollo de soluciones para los problemas reales que tienen las personas o las empresas. Una pulsera que mide nuestra actividad puede resultar una novedad muy atractiva, pero si no encontramos su utilidad práctica acabará convirtiéndose en una anécdota o peor aún en una molestia.

Por suerte para internet de las cosas, nuestra sociedad y nuestra economía no están precisamente escasas de problemas que generan una importante demanda de soluciones innovadoras. Las ciudades concentran muchos de estos problemas y desde luego muchos de los que afectan de una manera más directa nuestra experiencia personal. Las grandes urbes son actualmente el motor de la economía y se han convertido en entornos muy complejos y dinámicos que concentran de manera creciente a la mayor parte de la población y atraen las mayores inversiones. Se estima que el mercado de las Smart Cities alcanzará los 315.000 millones de euros en 2020. La Unión Europea también lo entiende así y multiplicará por 10 la inversión destinada a las ciudades en su nuevo programa de I+D, Horizonte 2020, hasta alcanzar los 18.000 millones de euros.

Ciudades como Santander han dado los primeros pasos. La capital cántabra ha conseguido situarse en la vanguardia tecnológica internacional en el desarrollo del concepto de Smart City. 12.000 sensores fijos y móviles situados en emplazamientos estratégicos -farolas, papeleras, edificios y vehículos municipales- que están permitiendo experimentar y cuantificar el impacto de internet de las cosas en el tráfico, la reducción de emisiones, la mejora participación ciudadana, la reducción del tiempo de resolución de incidentes en la ciudad o en disponer de mejor información para la planificación urbana.

Experiencias como la de Santander son fundamentales para poder abordar el siguiente estadio en el desarrollo de las ciudades inteligentes: extender el alcance de las actuales experiencias a toda una ciudad y replicar modelos de éxito en diferentes ciudades.

Fuente:http://www.elmundo.es/economia/2014/06/30/53b14869e2704e97368b4577.html